miércoles, 18 de enero de 2012

4: Sobre el loco de Retiro (I)


"Definitivamente la situación me desbordó. Significó el desorden emocional que le faltaba a mi vida. Supongo que le puede pasar a cualquiera, me refiero a todo aquello que uno encuentra sin buscar y de repente el hecho cambia tus expectativas, perspectivas, el metabolismo, la mirada de las cosas, el comportamiento...
Ivana apareció como una obra de arte que había permanecido oculta durante cierto tiempo, hasta que el azar decidió quitar la manta que cubría todo su esplendor para que yo la pudiera apreciar, y retorcerme de ansias y desesperación.
Es gracioso pensar que durante cinco años estuve dedicado con Salvador en un mundo rodeado de ataúdes y de cuerpos inertes, estáticos, entre viudas alegres y familiares reunidos alrededor del cadáver, mirándose entre sí, estudiando el comportamiento de cada uno esperando saber quien va a ser el primero de ellos que revele el verdadero interés de estar allí. Después de largos años rodeado de un ambiente que respira muerte, falsedad y dolor, de repente y sin que yo esperara, descubro el más grande homenaje a la vida, alguien que desborda inocencia, dulzura, alegría.
La cuestión es que verla resulta algo impagable, imperdible. Todos los días me dispongo a ponerme detrás de la vidriera esperando verla salir del banco. Se va tan rápido que uno fuerza los sentidos para retenerla en la mente, para que luego la reproduzca fidedignamente y así poder apreciar detenidamente la exuberante belleza a bordo de un metro y sesenta de estatura aproximadamente, de pelo azabache y lacio golpeando sobre sus hombros al compás de su paso acelerado, su rostro iluminado, por sus penetrantes ojos negros, su nariz discretamente proporcionada y redonda, sus labios carnosos que invitan a sumergirse en una dulce perdición, su piel morena y fresca, como si el sol del verano descansase sobre ella.
Y así sigo completamente descuidado en cuanto al trabajo, Salvador lo nota manifestando su descontento, y aunque todavía no había descubierto el porqué, se imaginaba que algo irracional había en mí, algún interés tenía para asistir al banco diariamente mientras la caja de nuestro negocio desbordaba de cambio chico. Todavía recuerdo cuando tuve que darle el vuelto a la viuda del finado González con cien monedas de diez centavos. La señora aparte de la carga de carácter emocional que llevaba tuvo que soportar ahora otra en su cartera, y la verdad no se si cuando estalló en sollozos era por lo del marido, por lo que le costó el servicio fúnebre, o por el desconcierto de no saber que hacer con tantas moneditas..."

jueves, 12 de enero de 2012

3: La pre-aparición (II)

    Bueno, entonces...
    ¿Entonces qué?
    Entonces, ¿qué le dijo, Dante? O si no respondió nada ¿qué pensó al respecto?
A Dante le parecía que la principal barrera que había impedido incidir en tal acusación era debido a su falta de recurso retórico. Simplemente se había quedado mudo. Ese exceso de mesura, medir cada una de sus palabras, provocaba el inevitable silenciamiento. “Y el que calla, otorga”, había pensado luego del incidente. Sin embargo, se sentía en todo su derecho en reclamarle a ella su falta de coherencia profesional. Ella era una promotora de puertas de seguridad, seguramente si se hubiera tratado bajo otras circunstancias, él difícilmente habría caído en las redes. No obstante, había perecido ante la mirada incisiva, en aquellos labios que emitían palabras conjugadas y creadas bajo las órdenes del mercado. Él veía cómo acompañaba cada argumento con un gesto registrado, como era el de soplarse el flequillo largo que por momentos se hacía dueño de la situación, amenazando con dar por tierra todo su monologo al que ella insistía luego en retomar con la muletilla “¿en qué estaba?”, mientras desesperadamente revisaba su cuaderno, murmuraba entre líneas su folleto para luego repetírselo con su melodiosa voz. Fue entonces cuando, en un inusual intento de galantería, Dante arremetió duramente, condicionando todas las facilidades y beneficios de la puerta sólo a la merced de la promotora: “Depende, si usted es la que se acercaría al negocio para cerrar la venta, entonces sí”. No podría describir la cara de idiota que había puesto Dante, pero se sorprendió al encontrarse con la afirmación de ella. “Sí…” había dicho, aunque sonaba a una afirmación mezclada con un condicionamiento y una dubitación, para arremeter, “sí, muy bien, paseme sus datos y el horario”.
Luego de concretar la cita, Dante se encontraba hecho un manojo de nervios: no por los evidentes reproches que le lloverían por parte de su socio comercial, sino más bien por lo que le diría a la promotora: ¿cómo plantar los cimientos de una relación que no terminara en una simple transacción comercial? Era evidente que la compra era una costosa excusa para entablar tal aventura, sin embargo, para Dante no significaba una simple aventura por ende se sentía sumamente extasiado mirando el reloj del negocio. Cuando sonó el timbre, la sorpresa fue horrible. Se había encontrado con un morocho gordo trajeado de garca, que inmediatamente se adueñó de la situación.
—Hizo muy bien en solicitar nuestros servicios, la zona en la que se encuentra su negocio está catalogada cómo región C. O.
—¿C. O?
— Exacto, Crimen Organizado. Una región sumamente controlada por bandas de inmigrantes, piqueteros extremistas y jubilados guerrilleros anarquistas.
— Bueno, pero estamos a dos cuadras de una comisaría…
—Mucho peor, ¿nunca vio como funcionan los allanamientos policiales? Ni siquiera tocan el timbre, le tiran la puerta abajo y sólo después le interrogan. Tomando en cuenta que la zona está catalogada como C.O. su negocio está bajo sospecha inminente. Todo su barrio está a merced de verse sometidos a allanamientos policiales y ataques de bandas subversivas…
Más allá de los argumentos, Dante no podía prestar atención, sus pensamientos estaban puestos en la promotora.
Luego de tres horas de haberle exhibido mapas de delincuencia y poner a prueba la puerta del negocio golpeándola con un fierro y disparándole a la cerradura, el vendedor había convencido a un vencido hombre que notó cómo había desaparecido todo atisbo de esperanza. Planeó entonces comprar la puerta para acercarse luego al negocio en que había encontrado a la promotora. Así dejó pasar unos días hasta que, decidido, fue a encararla.
El reencuentro sucedió de forma violenta. Dante estaba indignado, y mucho más dolido cuando al verla a pocos metros notó como se le acercaba, con su sonrisa deslumbrante, su andar elegante y decidido, para quedársele mirando a unos metros y decirle:
    Hola señor, buenos días. ¿Tiene puerta de seguridad en su domicilio?
Dante quedó estupefacto, se sintió manipulado. No pudo contener la rabia y le gritó entrecortadamente con su voz que sonaba rabiosa pero a la vez lejana, como si se desprendiera de sus entrañas.
    ¡Acaso ya te olvidaste! ¡Te compré una la semana pasada! ¡Encima me mentiste!
Luego de quedar sorprendida, la promotora recordó súbitamente al cliente damnificado intentando disculparse, argumentando que había sido la empresa la que había decidido que no fuera para cerrar la venta. Al notar a Dante un poco más sereno, volvió a sonreir y le propuso una solución:
    Disculpe, no fue mi intención, en serio. Ahora, si mal no recuerdo usted compró una puerta para su negocio ¿verdad? Bueno, si está de acuerdo podría comprar otra para su domicilio particular y me comprometo a asistir. Palabra. — mientras elevaba la palma izquierda en señal de promesa y sonreía juguetonamente. 

Dante no pudo entender la caradurez de aquella mujer. “¿Cómo pudo jugar así conmigo, doctor? ¿Se pensaba que era un idiota que podía caer dos veces en su juego manipulador?” Amadeo lo miró de reojo y volvió a su carpeta. “Continúe”, replicó.
“Bueno, fue en ese preciso instante, cuando ella me respondió que los porteños éramos muy complicados. Yo no lo podía creer. Es decir, estaba en todo mi derecho en denunciar todo su artilugio para que vuelva a caer en su trampa. Y la que se enojó fue ella. ¡Habrase visto semejante mujer tan cararrota! Se le empezaba a notar tan mal que no pude evitar sentirme culpable. Le tenía que haber visto esos ojos vidriosos, doctor. De repente, se me rompió el alma. Comprendí que había sido yo el que se había comportado mal al pretender otras intenciones. No hay derecho, ella estaba trabajando.  Y seguramente trabajaba de eso porque no le quedaba otra. Estaba trabajando de algo que una mujer como ella, con esa plenitud y astucia, no merecía. Y encima yo, un burgués de la peor calaña, tuve el tupé de lastimarla. Se notaba que era sensible, doctor. Es decir, no tenía necesidad de ponerse así porque ya me había cagado. Entonces me callé, y como dicen el que calla, otorga”.
    Entonces, si no le dijo nada. ¿Qué sintió luego?
    Profunda indignación.
    ¿Otra vez?
    Y sí doctor, qué otra cosa me quedaba si me había vuelto a dejar de clavo, mandándome otra vez al vendedor a mi casa. ¡Ah! Pero esa vez no le salió tan bien, porque al tipo conseguí regatearle el precio…
           

miércoles, 11 de enero de 2012

3: La pre-aparición

—Es así, Dante: no hay peor ciego que el que no quiere ver, y vos hermano, tenés un corpiño en los ojos... —sentenciaba Mascarpone mientras rescataba del fondo de la chopera algunos manises que se resistían a salir.
—Bueno, che, no seas lapidario. El muchacho está un poco perturbado, pajerizado diría yo. —acompañaba Salvador desde su posición ortodoxa de brazos cruzados.
Dante buscó desesperadamente el atado de cigarrillos que guardaba en su campera, haciendo caso omiso a lo que comentaban sus compañeros. Evidentemente, los muchachos jamás comprenderían lo que le había pasado. ¿Cosas del destino? Creer o reventar. La chica en cuestión había aparecido dos veces en su vida de forma intermitente. Al menos eso era lo que aseguraba Dante. La primera vez se la cruzó una tarde de verano, aproximadamente dos años atrás, en la estación de Retiro. Había regresado de Mar del Plata y estaba caminando distraído con su bolso, buscando las monedas para el colectivo. Fue entonces cuando levantó la vista y la vio a ella. Acercándose de manera rápida, elegante, fugaz. Sus pasos eran amenazantes como esa clase de mujeres seguras de sí mismas. Su pelo flotaba en el aire y caía suavemente sobre sus hombros; los aros, verdes y redondos, se agitaban constantemente siguiendo el ritmo de su cuerpo. Sus ojos estaban puestos en dirección hacia donde estaba Dante, y no comprendía el porqué de semejante acontecimiento. Ella se acercaba con una ligereza envidiable, mientras Dante ya no podía contener la sorpresa del momento. Sus glándulas sudoríparas empezaban a hacer lo suyo y ya no sabía con qué mano secarse. ¿Qué hacer frente a un caso extremo? Dante no creía en las casualidades: algo había detrás de todo eso. Ella era un verdadero ensueño que caminaba apresurada hacia su dirección. En ese momento comprendió que no había explicación coherente, no era una mujer común, era LA mujer, bien parecida. ¿Bien parecida? Bueno, no es un término adecuado para calificarla porque evidentemente resultaba alguien incomparable que se presentaba ante Dante como una ráfaga de belleza desbordante, por ende, no podría resultar parecida a alguna otra. Entonces, sintiéndose solo frente a la revelación, nacieron de su interior extractos de un soneto que había aprendido de memoria a partir de la arenga de su abuela italiana

Gia eran quasi che aterraste l’ore
dl tempo che onne stella n’ e lucente,
quando m’a apparve Amor subitamente,
cui essenza membrar mi da orrore.

Sus ojos, vivos, altivos y redondos, estaban puestos en dirección hacia donde estaba Dante, él bajo un acto reflejo o vaya a uno a saber, cerró sus ojos un instante, musitó nuevamente ese extracto, tratando de descifrar, qué carajo significaba en español y por qué estando frente a semejante revelación, no tuvo mejor idea que eso. Cuando los volvió a abrir, ella ya no estaba delante de él sino Salvador que lo despertó de un sopapo a la realidad.
— Dale hermano, ¿qué hacés parado acá? Tenemos mucho laburo por adelante. Los fiambres nos esperan, dale dale...— mientras lo agarraba firme del brazo y se lo llevaba violentamente de su trance onírico a la vez que Dante miraba desesperadamente hacia todos lados, buscándola, hasta encontrarla a metros de distancia frente a una boletería.

lunes, 9 de enero de 2012

2: Habla Dante...

La verdad, doctor, que no tenía la más mínima intención de recurrir aquí, pero el médico clínico atribuyó ciertas descompensaciones a un desequilibrio emocional, y últimamente, no puedo concentrarme en nada. Le confieso que mientras venía para acá, me sumergí en las diversas alternativas que podía haber elegido. Dicen que algunas situaciones son inevitables, propio capricho del azar, pero uno igual siempre se entrega a que lo lleve un pronto desenlace, por más efímero que termine siendo, o por lo menos que bajo circunstancias ajenas a nuestro alcance esas situaciones se terminen entrelazando hasta perderse en alguna historia, que a veces no necesariamente tenga algo que ver, aunque de todas formas para que aparezca tenga que superponerse o apartar a otra. ¿No entendió un carajo de lo qué le dije, verdad? A lo que voy es que aquel mediodía me había resistido a salir del negocio para buscar cambio en el banco, por más que se encuentre justo enfrente. Sin embargo, ante la insistencia accedí. Accedí de mala manera, desde luego, porque siempre fui reacio a la espera, a la incomodidad de estar en la fila y tener a una persona atrás que empiece a resoplar acompañado con un zapateo nervioso con el pie izquierdo o el derecho, depende la persona. Y saber que atrás de él se encontrará otra persona que de seguro entrará de forma acelerada como si estuviera a punto de llevarse el mundo por delante, pero al ver inevitablemente la fila que le espera se frena a un pie y medio de distancia del último, de aquel que resopla mientras zapatea, empieza a mirar el reloj y, por supuesto, se predispone a imitar a la persona que tiene delante. Y así sucesivamente, hasta que la fila se torne un constante ruido de zapateos y resoplos dando un sonido peculiar, como si fuera un desfile de soldados que marchan por la calle, pero que en vez de sentir un prolijo resonar de botas, el sonido es como si estuvieran marchando con tacones de punta, pues el zapateo que hace el hombre que se mantiene en la fila, es nervioso, rápido y constante, en el mismo lugar y sin apoyar el zapato enteramente sobre el suelo, sino que levanta y apoya inmediatamente solo la punta del mismo. Así que tampoco sonaría en realidad como un desfile de soldados con tacones de punta, salvo que los tacos no lo lleven en la parte del talón sino adelante pero de esta forma el desfile se tornaría un caos porque perderían el equilibrio y se volvería una marcha completamente despareja que culminaría en un bochornoso espectáculo, con soldados cayéndose o tropezándose entre ellos. En fin.
Lo cierto es que generalmente las filas que hay que soportar en los bancos son un verdadero tormento, y cuando se permanece estático sin avanzar durante un largo proceso, uno tiende a mirar para atrás sólo para corroborar que pasó mucho tiempo sin novedades y se terminó acumulando gente, y cada persona se transforman en minutos que se paran detrás de uno y presionan, apuran, invitándote a abandonar el tramite. Y entonces cuando se observa la fila,  podemos apreciar a dos de cada cinco enfilados que esperan asomando sus cabezas hacia un costado, con sus miradas en dirección hacia la caja de forma desafiante y amenazadora, como esperando que de esa forma el cajero pueda acelerar su desempeño y así la fila empiece a caminar sin pausas prolongadas. Uno de cada cinco se encuentra resignado, completamente entregado a la espera, que puede ser mi caso particular. Pero los más indeseables son aquellos que debido a su impaciencia molestan al que está delante suyo, preguntándole de forma cómplice si sabe porque se está demorando tanto, también están los otros que hablan fuerte para ver si obtienen alguna respuesta preguntando “¿qué pasa que no camina?” Algunos logran la respuesta esperada, que desde luego no se trata de darle el porqué del motivo de la demora, sino que consiguen la concordancia de la persona con el enojo de la otra, por el cual comienzan una misiva de insultos que terminan desencadenándose en quejas múltiples hacia el gobierno, la sociedad y demás, llegando siempre a la conclusión de que antes las cosas eran distintas y no existían estos tipos de atropellos. Generalmente, esta situación se da entre dos cincuentones o aún entre gente de mayor edad. Pero el peligro aumenta cuando la misma situación se da entre dos ancianas, porque además de quejarse obstinadamente a diestra y siniestra, es factible que la conversación aterrice en la descripción de la historia clínica de cada una, enumerándose sus achaques y operaciones en su haber como si fueran coleccionables.
El único consuelo que encuentra uno es saber que ya no es durante la larga espera el último de la fila sino que se convirtió en el dueño de la mitad de ella, y que el último que llega va a tener quizás la misma demora que tuvimos o aun mayor, de esta manera se siente aliviado sabiendo que la angustia es y será compartida.
Pero, inmediatamente, cuando llegué a estar próximo a mi turno de ser atendido pude observarla a ella. Y me llevó a la idiotez de pensar que por verla hubiera esperado mucho más. Porque no parecía la típica cajera de banco con cara de pocos amigos, antipática hasta la médula, sino lo contrario. Ella repartía sonrisas a cada uno que se acercaba, y era un espectáculo ver como se le iluminaban los ojos y su cara se redondeaba cuando sonreía. Y sonreía con total descaro mostrando sin vergüenza una dentadura pareja, blanca, blanquísima. Y hasta su nariz, discretamente perfecta, no se arrugaba en ningún momento del despliegue de sus gestos.
La única explicación que encontraba era que ella como cualquier nueva empleada que seguramente había estado buscando empleo por largo tiempo y al momento de haber conseguido, mantiene la predisposición y la alegría en el trabajo durante un tiempo que pueden durar días, semanas, meses, hasta que el desgaste que produce toda rutina termine obligándola a abandonar ciertas costumbres. En mi caso particular, esa emoción relativa al empleo no me duró nada, es más no se porqué consentí en ponerme en sociedad con Salvador para abrir un negocio. Siempre preferí dedicarme a la aventura del buscavidas que va de lugar en lugar, dejando a cada paso amores, sueños, proyectos y gente estafada para trasladarse hacia otra dirección y volver a empezar.
Pero hay algo más en torno a lo acontecido, una especie de epifanía, de revelación. Mire, doctor, la verdad que no creo en las casualidades sino más bien en las causalidades. Por un momento pude haberlo confundido con un deja vu, pero la situación en concreto no era la misma. A ella ya la había visto anteriormente, de eso estaba seguro. El cuerpo cuenta con ciertas reacciones difíciles de comprender en estas situaciones. Porque capaz si se tratara de una mujer casual, la reacción de mi cuerpo hubiera sido símil a la de cualquiera que estuviera frente a ella: se me hubiera parado. Sin embargo, y acá se da el caso especial donde hago hincapié en esta suerte de reencuentro, mi organismo reaccionó de una manera adversa a lo convencional de la cual sólo un par de veces había sucedido: mis glándulas sudoríparas empezaron a desempeñar un trabajo inusual. En otras palabras, empecé a chivar como un condenado. Lo curioso es que esto me sucedió anteriormente frente a una mujer muy parecida a ella. Por ende, el azar significa para mí como un capricho, una martingala donde tarde o temprano se representa lo inevitable. Me quedé perplejo, enmudecido, transpirado. La vi y me perdí en sus ojos, me preguntó que necesitaba y le dije que era cliente y necesitaba cambio, que a partir de ahora nos íbamos a ver seguido porque mi negocio está justo enfrente. Ella sonrió hasta que terminé de hablar y sin mirarme mientras contaba las monedas largó un “¡Ah!”, esa expresión a la que se recurre cuando no se presta atención a las palabras y se responde así como para darle un guiño de comprensión.
Solo estuve dos o tres minutos frente a ella y me estrangulaba la desesperación de querer entablar una conversación pero no saber como iniciarla, por lo cual decidí asomar tímidamente algo así como “y-está-lindo-acá-¿no?-digo-por-el-aire-¿no?-afuera-está-pesado.” Todavía me pregunto porque le dije semejante estupidez pero la necesidad imperiosa de sentir su voz pudo más y daba lo mismo sentirme un calisiati. Sin embargo ella no asintió a mi comentario, quejándose de que el aire estaba muy fuerte y salía siempre con dolor de garganta. El “ni da” que vociferó anteriormente de esto me impresionó, y por lo que veo a usted también porque noté como acaba de abrir los ojos sorpresivamente. ¿Notó que esa frase parece completamente reaccionaria? Abraza todo un significado combativo, critico, incompasivo. Porque si hubiera dicho, “si da” tendría un tono enteramente costumbrista, decididamente entregado al devenir. Sí, definitivamente si hubiera dicho eso significaba que era una tarada, que solo me había deslumbrado la parte externa de ella y encontraba luego de tan encantador envoltorio un frasco vacío. Pero no fue así... ¿ahora se da cuenta de lo que le decía anteriormente del capricho del azar, doctor?

La cuestión es que, mientras terminaba de contestarme, me pasó la bolsa con monedas y me invitó con la sonrisa a que me haga a un costado para seguir atendiendo. Pero yo no podía irme sin saber siquiera su nombre, así que mientras le agradecí la atención buscaba su nombre en algún cartel en su camisa, aunque antes de encontrarlo ella ya me respondió la incógnita diciendo que se llamaba Ivana.  La cuestión es que ese día mientras marchaba me empecé a sentir como desorientado, como si el capricho del azar haya terminado de convertirse en una bisagra de mi vida. Y así me dirigía a la salida mientras la miraba de forma indiscreta. Ni siquiera sentía el ruido de zapateos y resoplidos de la fila, no pensaba en nada, hasta que me pregunté para que había pedido tanto cambio chico si para una casa fúnebre no hacen faltan tantas monedas...

jueves, 5 de enero de 2012

1: "Sí, que pase" (III)

“Ah, el tiempo. Suma medición caprichosa de los azares del destino. El calendario, enumeración de notas muertas de los tiempos venideros. Los años, mezcla de incertidumbre, de ansiedad, nervios. Uh, el devenir. La santa providencia y el astigmatismo de Cronos. Si tan solo es cuestión de pisar el suelo y salir a enfrentarlos. Y la referencia del pasado: los recuerdos, la inmundicia del consciente que manipula los hechos a gusto y piacere”.

“Es que ustedes los porteños son muy complicados...”, la frase lacónica y advertida por Dante que había emitido Ivana hará meses atrás era lo único que mantenía incólume en su memoria.
—Ahá, ¿y a usted que le pareció?
— ¿Qué cosa? 
— De la frase, digo, qué opina...
La indagatoria del doctor, que había manifestado con sumo interés sesiones posteriores hacía rememorar a Dante la situación en la que se había encontrado cuando Mascarpone le había respondida la intriga:
— Nah, eso es de provinciana resentida, ni más ni menos.—respondía Mascarpone mientras agitaba los maníes que flotaban en la chopera que se había vaciado minutos antes. Dante le apuntó la mirada de manera amenazante, saliendo de su ensimismamiento. A veces contarle algo a Mascarpone daba como resultado repulsión. Es que tenía por costumbre responder de forma altanera, como esa clase de personas que tienen de por sí solucionada sus vidas y su entorno le parece reprobable o, al menos, indiferente. Y pensar que años atrás tenía la incertidumbre plena de todo. Ayer, resistente a todo lo que le imponía su padre. Ahora, recibido de abogado. Entonces, desde su posición horizontal, buscó con los ojos al doctor. Éste parecía distraído en su alicate, cortándose las uñas.
—Digo, ¿no?. Usted, Dante, qué opina de la frase.– a la par que se decidía a soplarse el dedo anular que al parecer había cortado la uña del mismo muy al ras y le ardía.

1: "Sí, que pase..." (II)

—Sí, que pase...
La voz emitida desde el conmutador ubicado en el mostrador de la secretaria se había tornado impaciente. La secretaria lo notó, entonces se puso de pie y en forma algo dubitativa se dirigió a Dante
—Señor...
Este se había perdido en las numerosas fotos de la sala de espera, buscando un punto común entre todas ellas. No eran muy viejas, todas actuales. Al parecer el doctor Amadeo, era un esbirro joven de las huestes de Freud. Volvió a recordar:
“No estoy sola”.
Las tetas de Valquiria.
Los pelos enredados de Salvador.
 “Andá pibe”
“Sí, que pase...”
“Señor...”
                          se dio media vuelta y miró a la secretaria, ella seguía de pie, se sacaba los lentes mientras arengaba
—Señor... por favor...
“No estoy sola”, era un punto de coincidencia con lo que le había pasado. Entonces se acercó de manera intermitente hasta la puerta del consultorio.
Van a creer que estoy loco, dijo para sí, a la par que se decidía a girar el picaporte.
Los porteños son complicados, recordó esas súbitas palabras antes de girar por completo el picaporte.
El doctor lo esperaba y elevó su mano esperando el saludo. Dante sacó de su bolsillo la tarjeta: Doctor Amadeo, su nombre era al parecer lo importante. Psicoanalista, era un detalle accesorio.

martes, 3 de enero de 2012

1: "´Sï, que pase..."

Sí, que pase...
Era la voz del conmutador, que fluía en forma latosa y amenazante hacia la secretaria que, sin inmutarse, dirigió la mirada hacia Dante. Él se la devolvió mostrando una mirada algo tímida y piadosa. Fue entonces cuando la secretaria decidió bajar sus lentes con su mano izquierda hasta que estos se reposaron en el nacimiento de su nariz ancha y sudorosa. Luego, medio perturbado e inseguro, Dante volvió la mirada hacia una de las revistas que había tomado de la sala minutos antes, quizás buscando la seguridad de que esa voz metamórfica y amenazante que había fluido del conmutador, a la que había respondido la secretaria, era para él. Se detuvo en el título de una entrevista a la vedette Marta Valquiria, destacando lo más profundo de su pensamiento locuaz y de sumo interés general: “Ya no estoy sola”, mientras que debajo del titulo aparecía ella con un vestido largo y negro, ajustado al cuerpo, la mirada brillante dirigida al foco de la cámara, abrazada a su perro, con sus pechos reformados algo sueltos e indiscretos que salían de un amplio escote que ella, sutilmente, hacia resaltar bajándolo aún más con su mano derecha. Dante volvió la mirada a la secretaria y se percató que estaba en su misma posición: mirándolo fijo y penetrante cuando imprevistamente asiente con su cabeza. Entonces cierra rápidamente la revista y se levanta de la silla de un salto, se detiene inmutable delante de la secretaria, ella vuelve a asentirle, aunque él quizás buscando una referencia más contundente decide esperar la confirmación. Sorpresivamente le da la espalda y se detiene a mirar las fotos y los títulos colgados en la pared. El nombre del doctor, era como el de la tarjeta que días atrás le había entregado Lucio
—Andá a ver al doctor Amadeo, a ver si podemos resolver lo tuyo. –había aseverado Lucio mientras alisaba su barbilla reposando su trasero en el escritorio ante la mirada de Dante, Salvador y un busto de Eva que estaba orientado hacia esa dirección. Lucio le dio una palmada en la cabeza, Dante miró a Salvador, éste asintió mientras se rascaba la cabeza, miró la tarjeta, volvió a mirar Lucio, éste le dio otra palmada un poco más fuerte sin dejar de ser atento y fraternal, Dante miró la tarjeta luego se dirigió a Salvador, éste había terminado de rascarse y ahora trataba de soltar sus dedos que habían quedado atascados en medio de un atolladero de pelos enroscados en uno de sus tantos temibles remolinos. Dante bajó la cabeza, miró la tarjeta aunque sólo se detuvo ante el nombre del doctor: Amadeo. Caso extraño en que se haga referencia al nombrar al doctor por su nombre y no por su apellido; levantó la mirada a media asta y comprobó a Lucio en su misma posición, alisándose la barbilla mirándolo perturbadamente, emitió un largo suspiro que se entremezcló con una frase elegida y acentuada arbitrariamente:
—Andá pibe, haceme caso...