— Bueno, entonces...
— ¿Entonces qué?
— Entonces, ¿qué le dijo, Dante? O si no respondió nada ¿qué pensó al respecto?
A Dante le parecía que la principal barrera que había impedido incidir en tal acusación era debido a su falta de recurso retórico. Simplemente se había quedado mudo. Ese exceso de mesura, medir cada una de sus palabras, provocaba el inevitable silenciamiento. “Y el que calla, otorga”, había pensado luego del incidente. Sin embargo, se sentía en todo su derecho en reclamarle a ella su falta de coherencia profesional. Ella era una promotora de puertas de seguridad, seguramente si se hubiera tratado bajo otras circunstancias, él difícilmente habría caído en las redes. No obstante, había perecido ante la mirada incisiva, en aquellos labios que emitían palabras conjugadas y creadas bajo las órdenes del mercado. Él veía cómo acompañaba cada argumento con un gesto registrado, como era el de soplarse el flequillo largo que por momentos se hacía dueño de la situación, amenazando con dar por tierra todo su monologo al que ella insistía luego en retomar con la muletilla “¿en qué estaba?”, mientras desesperadamente revisaba su cuaderno, murmuraba entre líneas su folleto para luego repetírselo con su melodiosa voz. Fue entonces cuando, en un inusual intento de galantería, Dante arremetió duramente, condicionando todas las facilidades y beneficios de la puerta sólo a la merced de la promotora: “Depende, si usted es la que se acercaría al negocio para cerrar la venta, entonces sí”. No podría describir la cara de idiota que había puesto Dante, pero se sorprendió al encontrarse con la afirmación de ella. “Sí…” había dicho, aunque sonaba a una afirmación mezclada con un condicionamiento y una dubitación, para arremeter, “sí, muy bien, paseme sus datos y el horario”.
Luego de concretar la cita, Dante se encontraba hecho un manojo de nervios: no por los evidentes reproches que le lloverían por parte de su socio comercial, sino más bien por lo que le diría a la promotora: ¿cómo plantar los cimientos de una relación que no terminara en una simple transacción comercial? Era evidente que la compra era una costosa excusa para entablar tal aventura, sin embargo, para Dante no significaba una simple aventura por ende se sentía sumamente extasiado mirando el reloj del negocio. Cuando sonó el timbre, la sorpresa fue horrible. Se había encontrado con un morocho gordo trajeado de garca, que inmediatamente se adueñó de la situación.
—Hizo muy bien en solicitar nuestros servicios, la zona en la que se encuentra su negocio está catalogada cómo región C. O.
—¿C. O?
— Exacto, Crimen Organizado. Una región sumamente controlada por bandas de inmigrantes, piqueteros extremistas y jubilados guerrilleros anarquistas.
— Bueno, pero estamos a dos cuadras de una comisaría…
—Mucho peor, ¿nunca vio como funcionan los allanamientos policiales? Ni siquiera tocan el timbre, le tiran la puerta abajo y sólo después le interrogan. Tomando en cuenta que la zona está catalogada como C.O. su negocio está bajo sospecha inminente. Todo su barrio está a merced de verse sometidos a allanamientos policiales y ataques de bandas subversivas…
Más allá de los argumentos, Dante no podía prestar atención, sus pensamientos estaban puestos en la promotora.
Luego de tres horas de haberle exhibido mapas de delincuencia y poner a prueba la puerta del negocio golpeándola con un fierro y disparándole a la cerradura, el vendedor había convencido a un vencido hombre que notó cómo había desaparecido todo atisbo de esperanza. Planeó entonces comprar la puerta para acercarse luego al negocio en que había encontrado a la promotora. Así dejó pasar unos días hasta que, decidido, fue a encararla.
El reencuentro sucedió de forma violenta. Dante estaba indignado, y mucho más dolido cuando al verla a pocos metros notó como se le acercaba, con su sonrisa deslumbrante, su andar elegante y decidido, para quedársele mirando a unos metros y decirle:
— Hola señor, buenos días. ¿Tiene puerta de seguridad en su domicilio?
Dante quedó estupefacto, se sintió manipulado. No pudo contener la rabia y le gritó entrecortadamente con su voz que sonaba rabiosa pero a la vez lejana, como si se desprendiera de sus entrañas.
— ¡Acaso ya te olvidaste! ¡Te compré una la semana pasada! ¡Encima me mentiste!
Luego de quedar sorprendida, la promotora recordó súbitamente al cliente damnificado intentando disculparse, argumentando que había sido la empresa la que había decidido que no fuera para cerrar la venta. Al notar a Dante un poco más sereno, volvió a sonreir y le propuso una solución:
— Disculpe, no fue mi intención, en serio. Ahora, si mal no recuerdo usted compró una puerta para su negocio ¿verdad? Bueno, si está de acuerdo podría comprar otra para su domicilio particular y me comprometo a asistir. Palabra. — mientras elevaba la palma izquierda en señal de promesa y sonreía juguetonamente.
Dante no pudo entender la caradurez de aquella mujer. “¿Cómo pudo jugar así conmigo, doctor? ¿Se pensaba que era un idiota que podía caer dos veces en su juego manipulador?” Amadeo lo miró de reojo y volvió a su carpeta. “Continúe”, replicó.
“Bueno, fue en ese preciso instante, cuando ella me respondió que los porteños éramos muy complicados. Yo no lo podía creer. Es decir, estaba en todo mi derecho en denunciar todo su artilugio para que vuelva a caer en su trampa. Y la que se enojó fue ella. ¡Habrase visto semejante mujer tan cararrota! Se le empezaba a notar tan mal que no pude evitar sentirme culpable. Le tenía que haber visto esos ojos vidriosos, doctor. De repente, se me rompió el alma. Comprendí que había sido yo el que se había comportado mal al pretender otras intenciones. No hay derecho, ella estaba trabajando. Y seguramente trabajaba de eso porque no le quedaba otra. Estaba trabajando de algo que una mujer como ella, con esa plenitud y astucia, no merecía. Y encima yo, un burgués de la peor calaña, tuve el tupé de lastimarla. Se notaba que era sensible, doctor. Es decir, no tenía necesidad de ponerse así porque ya me había cagado. Entonces me callé, y como dicen el que calla, otorga”.
— Entonces, si no le dijo nada. ¿Qué sintió luego?
— Profunda indignación.
— ¿Otra vez?
— Y sí doctor, qué otra cosa me quedaba si me había vuelto a dejar de clavo, mandándome otra vez al vendedor a mi casa. ¡Ah! Pero esa vez no le salió tan bien, porque al tipo conseguí regatearle el precio…