miércoles, 11 de enero de 2012

3: La pre-aparición

—Es así, Dante: no hay peor ciego que el que no quiere ver, y vos hermano, tenés un corpiño en los ojos... —sentenciaba Mascarpone mientras rescataba del fondo de la chopera algunos manises que se resistían a salir.
—Bueno, che, no seas lapidario. El muchacho está un poco perturbado, pajerizado diría yo. —acompañaba Salvador desde su posición ortodoxa de brazos cruzados.
Dante buscó desesperadamente el atado de cigarrillos que guardaba en su campera, haciendo caso omiso a lo que comentaban sus compañeros. Evidentemente, los muchachos jamás comprenderían lo que le había pasado. ¿Cosas del destino? Creer o reventar. La chica en cuestión había aparecido dos veces en su vida de forma intermitente. Al menos eso era lo que aseguraba Dante. La primera vez se la cruzó una tarde de verano, aproximadamente dos años atrás, en la estación de Retiro. Había regresado de Mar del Plata y estaba caminando distraído con su bolso, buscando las monedas para el colectivo. Fue entonces cuando levantó la vista y la vio a ella. Acercándose de manera rápida, elegante, fugaz. Sus pasos eran amenazantes como esa clase de mujeres seguras de sí mismas. Su pelo flotaba en el aire y caía suavemente sobre sus hombros; los aros, verdes y redondos, se agitaban constantemente siguiendo el ritmo de su cuerpo. Sus ojos estaban puestos en dirección hacia donde estaba Dante, y no comprendía el porqué de semejante acontecimiento. Ella se acercaba con una ligereza envidiable, mientras Dante ya no podía contener la sorpresa del momento. Sus glándulas sudoríparas empezaban a hacer lo suyo y ya no sabía con qué mano secarse. ¿Qué hacer frente a un caso extremo? Dante no creía en las casualidades: algo había detrás de todo eso. Ella era un verdadero ensueño que caminaba apresurada hacia su dirección. En ese momento comprendió que no había explicación coherente, no era una mujer común, era LA mujer, bien parecida. ¿Bien parecida? Bueno, no es un término adecuado para calificarla porque evidentemente resultaba alguien incomparable que se presentaba ante Dante como una ráfaga de belleza desbordante, por ende, no podría resultar parecida a alguna otra. Entonces, sintiéndose solo frente a la revelación, nacieron de su interior extractos de un soneto que había aprendido de memoria a partir de la arenga de su abuela italiana

Gia eran quasi che aterraste l’ore
dl tempo che onne stella n’ e lucente,
quando m’a apparve Amor subitamente,
cui essenza membrar mi da orrore.

Sus ojos, vivos, altivos y redondos, estaban puestos en dirección hacia donde estaba Dante, él bajo un acto reflejo o vaya a uno a saber, cerró sus ojos un instante, musitó nuevamente ese extracto, tratando de descifrar, qué carajo significaba en español y por qué estando frente a semejante revelación, no tuvo mejor idea que eso. Cuando los volvió a abrir, ella ya no estaba delante de él sino Salvador que lo despertó de un sopapo a la realidad.
— Dale hermano, ¿qué hacés parado acá? Tenemos mucho laburo por adelante. Los fiambres nos esperan, dale dale...— mientras lo agarraba firme del brazo y se lo llevaba violentamente de su trance onírico a la vez que Dante miraba desesperadamente hacia todos lados, buscándola, hasta encontrarla a metros de distancia frente a una boletería.

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