miércoles, 18 de enero de 2012

4: Sobre el loco de Retiro (I)


"Definitivamente la situación me desbordó. Significó el desorden emocional que le faltaba a mi vida. Supongo que le puede pasar a cualquiera, me refiero a todo aquello que uno encuentra sin buscar y de repente el hecho cambia tus expectativas, perspectivas, el metabolismo, la mirada de las cosas, el comportamiento...
Ivana apareció como una obra de arte que había permanecido oculta durante cierto tiempo, hasta que el azar decidió quitar la manta que cubría todo su esplendor para que yo la pudiera apreciar, y retorcerme de ansias y desesperación.
Es gracioso pensar que durante cinco años estuve dedicado con Salvador en un mundo rodeado de ataúdes y de cuerpos inertes, estáticos, entre viudas alegres y familiares reunidos alrededor del cadáver, mirándose entre sí, estudiando el comportamiento de cada uno esperando saber quien va a ser el primero de ellos que revele el verdadero interés de estar allí. Después de largos años rodeado de un ambiente que respira muerte, falsedad y dolor, de repente y sin que yo esperara, descubro el más grande homenaje a la vida, alguien que desborda inocencia, dulzura, alegría.
La cuestión es que verla resulta algo impagable, imperdible. Todos los días me dispongo a ponerme detrás de la vidriera esperando verla salir del banco. Se va tan rápido que uno fuerza los sentidos para retenerla en la mente, para que luego la reproduzca fidedignamente y así poder apreciar detenidamente la exuberante belleza a bordo de un metro y sesenta de estatura aproximadamente, de pelo azabache y lacio golpeando sobre sus hombros al compás de su paso acelerado, su rostro iluminado, por sus penetrantes ojos negros, su nariz discretamente proporcionada y redonda, sus labios carnosos que invitan a sumergirse en una dulce perdición, su piel morena y fresca, como si el sol del verano descansase sobre ella.
Y así sigo completamente descuidado en cuanto al trabajo, Salvador lo nota manifestando su descontento, y aunque todavía no había descubierto el porqué, se imaginaba que algo irracional había en mí, algún interés tenía para asistir al banco diariamente mientras la caja de nuestro negocio desbordaba de cambio chico. Todavía recuerdo cuando tuve que darle el vuelto a la viuda del finado González con cien monedas de diez centavos. La señora aparte de la carga de carácter emocional que llevaba tuvo que soportar ahora otra en su cartera, y la verdad no se si cuando estalló en sollozos era por lo del marido, por lo que le costó el servicio fúnebre, o por el desconcierto de no saber que hacer con tantas moneditas..."

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