—Sí, que pase...
La voz emitida desde el conmutador ubicado en el mostrador de la secretaria se había tornado impaciente. La secretaria lo notó, entonces se puso de pie y en forma algo dubitativa se dirigió a Dante
—Señor...
Este se había perdido en las numerosas fotos de la sala de espera, buscando un punto común entre todas ellas. No eran muy viejas, todas actuales. Al parecer el doctor Amadeo, era un esbirro joven de las huestes de Freud. Volvió a recordar:
“No estoy sola”.
Las tetas de Valquiria.
Los pelos enredados de Salvador.
“Andá pibe”
“Sí, que pase...”
“Señor...”
se dio media vuelta y miró a la secretaria, ella seguía de pie, se sacaba los lentes mientras arengaba
—Señor... por favor...
“No estoy sola”, era un punto de coincidencia con lo que le había pasado. Entonces se acercó de manera intermitente hasta la puerta del consultorio.
Van a creer que estoy loco, dijo para sí, a la par que se decidía a girar el picaporte.
Los porteños son complicados, recordó esas súbitas palabras antes de girar por completo el picaporte.
El doctor lo esperaba y elevó su mano esperando el saludo. Dante sacó de su bolsillo la tarjeta: Doctor Amadeo, su nombre era al parecer lo importante. Psicoanalista, era un detalle accesorio.
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