La verdad, doctor, que no tenía la más mínima intención de recurrir aquí, pero el médico clínico atribuyó ciertas descompensaciones a un desequilibrio emocional, y últimamente, no puedo concentrarme en nada. Le confieso que mientras venía para acá, me sumergí en las diversas alternativas que podía haber elegido. Dicen que algunas situaciones son inevitables, propio capricho del azar, pero uno igual siempre se entrega a que lo lleve un pronto desenlace, por más efímero que termine siendo, o por lo menos que bajo circunstancias ajenas a nuestro alcance esas situaciones se terminen entrelazando hasta perderse en alguna historia, que a veces no necesariamente tenga algo que ver, aunque de todas formas para que aparezca tenga que superponerse o apartar a otra. ¿No entendió un carajo de lo qué le dije, verdad? A lo que voy es que aquel mediodía me había resistido a salir del negocio para buscar cambio en el banco, por más que se encuentre justo enfrente. Sin embargo, ante la insistencia accedí. Accedí de mala manera, desde luego, porque siempre fui reacio a la espera, a la incomodidad de estar en la fila y tener a una persona atrás que empiece a resoplar acompañado con un zapateo nervioso con el pie izquierdo o el derecho, depende la persona. Y saber que atrás de él se encontrará otra persona que de seguro entrará de forma acelerada como si estuviera a punto de llevarse el mundo por delante, pero al ver inevitablemente la fila que le espera se frena a un pie y medio de distancia del último, de aquel que resopla mientras zapatea, empieza a mirar el reloj y, por supuesto, se predispone a imitar a la persona que tiene delante. Y así sucesivamente, hasta que la fila se torne un constante ruido de zapateos y resoplos dando un sonido peculiar, como si fuera un desfile de soldados que marchan por la calle, pero que en vez de sentir un prolijo resonar de botas, el sonido es como si estuvieran marchando con tacones de punta, pues el zapateo que hace el hombre que se mantiene en la fila, es nervioso, rápido y constante, en el mismo lugar y sin apoyar el zapato enteramente sobre el suelo, sino que levanta y apoya inmediatamente solo la punta del mismo. Así que tampoco sonaría en realidad como un desfile de soldados con tacones de punta, salvo que los tacos no lo lleven en la parte del talón sino adelante pero de esta forma el desfile se tornaría un caos porque perderían el equilibrio y se volvería una marcha completamente despareja que culminaría en un bochornoso espectáculo, con soldados cayéndose o tropezándose entre ellos. En fin.
Lo cierto es que generalmente las filas que hay que soportar en los bancos son un verdadero tormento, y cuando se permanece estático sin avanzar durante un largo proceso, uno tiende a mirar para atrás sólo para corroborar que pasó mucho tiempo sin novedades y se terminó acumulando gente, y cada persona se transforman en minutos que se paran detrás de uno y presionan, apuran, invitándote a abandonar el tramite. Y entonces cuando se observa la fila, podemos apreciar a dos de cada cinco enfilados que esperan asomando sus cabezas hacia un costado, con sus miradas en dirección hacia la caja de forma desafiante y amenazadora, como esperando que de esa forma el cajero pueda acelerar su desempeño y así la fila empiece a caminar sin pausas prolongadas. Uno de cada cinco se encuentra resignado, completamente entregado a la espera, que puede ser mi caso particular. Pero los más indeseables son aquellos que debido a su impaciencia molestan al que está delante suyo, preguntándole de forma cómplice si sabe porque se está demorando tanto, también están los otros que hablan fuerte para ver si obtienen alguna respuesta preguntando “¿qué pasa que no camina?” Algunos logran la respuesta esperada, que desde luego no se trata de darle el porqué del motivo de la demora, sino que consiguen la concordancia de la persona con el enojo de la otra, por el cual comienzan una misiva de insultos que terminan desencadenándose en quejas múltiples hacia el gobierno, la sociedad y demás, llegando siempre a la conclusión de que antes las cosas eran distintas y no existían estos tipos de atropellos. Generalmente, esta situación se da entre dos cincuentones o aún entre gente de mayor edad. Pero el peligro aumenta cuando la misma situación se da entre dos ancianas, porque además de quejarse obstinadamente a diestra y siniestra, es factible que la conversación aterrice en la descripción de la historia clínica de cada una, enumerándose sus achaques y operaciones en su haber como si fueran coleccionables.
El único consuelo que encuentra uno es saber que ya no es durante la larga espera el último de la fila sino que se convirtió en el dueño de la mitad de ella, y que el último que llega va a tener quizás la misma demora que tuvimos o aun mayor, de esta manera se siente aliviado sabiendo que la angustia es y será compartida.
Pero, inmediatamente, cuando llegué a estar próximo a mi turno de ser atendido pude observarla a ella. Y me llevó a la idiotez de pensar que por verla hubiera esperado mucho más. Porque no parecía la típica cajera de banco con cara de pocos amigos, antipática hasta la médula, sino lo contrario. Ella repartía sonrisas a cada uno que se acercaba, y era un espectáculo ver como se le iluminaban los ojos y su cara se redondeaba cuando sonreía. Y sonreía con total descaro mostrando sin vergüenza una dentadura pareja, blanca, blanquísima. Y hasta su nariz, discretamente perfecta, no se arrugaba en ningún momento del despliegue de sus gestos.
La única explicación que encontraba era que ella como cualquier nueva empleada que seguramente había estado buscando empleo por largo tiempo y al momento de haber conseguido, mantiene la predisposición y la alegría en el trabajo durante un tiempo que pueden durar días, semanas, meses, hasta que el desgaste que produce toda rutina termine obligándola a abandonar ciertas costumbres. En mi caso particular, esa emoción relativa al empleo no me duró nada, es más no se porqué consentí en ponerme en sociedad con Salvador para abrir un negocio. Siempre preferí dedicarme a la aventura del buscavidas que va de lugar en lugar, dejando a cada paso amores, sueños, proyectos y gente estafada para trasladarse hacia otra dirección y volver a empezar.
Pero hay algo más en torno a lo acontecido, una especie de epifanía, de revelación. Mire, doctor, la verdad que no creo en las casualidades sino más bien en las causalidades. Por un momento pude haberlo confundido con un deja vu, pero la situación en concreto no era la misma. A ella ya la había visto anteriormente, de eso estaba seguro. El cuerpo cuenta con ciertas reacciones difíciles de comprender en estas situaciones. Porque capaz si se tratara de una mujer casual, la reacción de mi cuerpo hubiera sido símil a la de cualquiera que estuviera frente a ella: se me hubiera parado. Sin embargo, y acá se da el caso especial donde hago hincapié en esta suerte de reencuentro, mi organismo reaccionó de una manera adversa a lo convencional de la cual sólo un par de veces había sucedido: mis glándulas sudoríparas empezaron a desempeñar un trabajo inusual. En otras palabras, empecé a chivar como un condenado. Lo curioso es que esto me sucedió anteriormente frente a una mujer muy parecida a ella. Por ende, el azar significa para mí como un capricho, una martingala donde tarde o temprano se representa lo inevitable. Me quedé perplejo, enmudecido, transpirado. La vi y me perdí en sus ojos, me preguntó que necesitaba y le dije que era cliente y necesitaba cambio, que a partir de ahora nos íbamos a ver seguido porque mi negocio está justo enfrente. Ella sonrió hasta que terminé de hablar y sin mirarme mientras contaba las monedas largó un “¡Ah!”, esa expresión a la que se recurre cuando no se presta atención a las palabras y se responde así como para darle un guiño de comprensión.
Solo estuve dos o tres minutos frente a ella y me estrangulaba la desesperación de querer entablar una conversación pero no saber como iniciarla, por lo cual decidí asomar tímidamente algo así como “y-está-lindo-acá-¿no?-digo-por-el-aire-¿no?-afuera-está-pesado.” Todavía me pregunto porque le dije semejante estupidez pero la necesidad imperiosa de sentir su voz pudo más y daba lo mismo sentirme un calisiati. Sin embargo ella no asintió a mi comentario, quejándose de que el aire estaba muy fuerte y salía siempre con dolor de garganta. El “ni da” que vociferó anteriormente de esto me impresionó, y por lo que veo a usted también porque noté como acaba de abrir los ojos sorpresivamente. ¿Notó que esa frase parece completamente reaccionaria? Abraza todo un significado combativo, critico, incompasivo. Porque si hubiera dicho, “si da” tendría un tono enteramente costumbrista, decididamente entregado al devenir. Sí, definitivamente si hubiera dicho eso significaba que era una tarada, que solo me había deslumbrado la parte externa de ella y encontraba luego de tan encantador envoltorio un frasco vacío. Pero no fue así... ¿ahora se da cuenta de lo que le decía anteriormente del capricho del azar, doctor?
La cuestión es que, mientras terminaba de contestarme, me pasó la bolsa con monedas y me invitó con la sonrisa a que me haga a un costado para seguir atendiendo. Pero yo no podía irme sin saber siquiera su nombre, así que mientras le agradecí la atención buscaba su nombre en algún cartel en su camisa, aunque antes de encontrarlo ella ya me respondió la incógnita diciendo que se llamaba Ivana. La cuestión es que ese día mientras marchaba me empecé a sentir como desorientado, como si el capricho del azar haya terminado de convertirse en una bisagra de mi vida. Y así me dirigía a la salida mientras la miraba de forma indiscreta. Ni siquiera sentía el ruido de zapateos y resoplidos de la fila, no pensaba en nada, hasta que me pregunté para que había pedido tanto cambio chico si para una casa fúnebre no hacen faltan tantas monedas...
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